alrededor del rey a su entrada, al ver
que aquél deseaba hablar en particular con D'Artagnan, se apartaron.
Luis XIV siguió adelante y condujo al capitán de mosqueteros fuera
de la sala, después de haber buscado
otra vez con la mirada a La Valiére, de quien no se explicaba la ausencia.
--¿Y el preso? --preguntó el monarca a D'Artagnan cuando se encontraron
fuera de tiro de las orejas in-
discretas.
--Está en prisión, Sire.
--¿Qué dijo durante el camino?
--Nada, Sire.
--¿Qué hizo?
--Sire, el pescador a bordo de cuya barca me trasladaba a Santa Margarita, se
sublevó y me amenazó de
muerte, y el preso, en vez de intentar fugarse, me defendió.
--Basta --dijo el rey y empezando a pasearse de uno a otro lado del gabinete.
Os he mandado a buscar,
señor capitán, para deciros que salgáis para Nantes y preparéis
allí mi alojamiento.
--¿Para Nantes? --exclamó D'Artagnan.
--Está en la Bretaña.
--Ya sé, Sire. ¿Y Vuestra Majestad emprende un viaje tan largo?
--Los Estados se reúnen en aquella ciudad, y como tengo que hacerles
dos peticiones, quiero estar
presente.
--¿Cuándo me pongo en camino?
--Esta noche... mañana por la mañana... o por la tarde, pues necesitáis
descansar.
--Ya estoy descansado, Sire.
--Muy bien. Así pues, esta noche o mañana, a vuestra elección.
D'Artagnan saludó como para despedirse; luego al ver que el monarca estaba
turbado, se adelantó dos pa-
sos y preguntó:
--¿El rey lleva la corte?
--Por supuesto --respondió Luis XIV.
Así Vuestra Majestad necesita de sus mosqueteros --dijo D'Artagnan fijando
una mirada tan escrutadora
en el rey, que éste bajó la suya.
--Tomad una brigada --repuso el soberano.
--¿Vuestra Majestad no tiene que darme ninguna orden más?
--No... ¡Ah! Sí. En el palacio de nantes, que está muy mal
distribuido, según dicen, acostumbraos a co-
locar mosqueteros a la puerta de cada uno de los principales dignatarios que
me llevaré conmigo.
--¿De las principales? ¿Como verbigracia a la puerta del señor
de Lyonnes? ¿De los señores de Brienne,
Leteller y Fouquet?
--Sí.
--Está bien, Sire. Parto mañana.
--Dos palabras aún, señor de D'Artagnan. En Nantes encontraréis
al duque de Gesvres, capitán de los
guardias. Cuidad de que los mosqueteros estén alojados antes de que los
guardias lleguen. Ya sabéis que los
que llegan primero sacan provecho.
--Es verdad.
--¿Y si el señor Gesvres os interroga?
--¿A mí? ¡Bah! ¿a título de qué tendría
que interrogarme el señor de Gesvres?
Y el mosquetero dio marcialmente media vuelta y salió, mientras decía
para sí:
--¡Nantes! ¿Por qué no se ha atrevido a decir inmediatamente
Belle-Isle?
Al llegar a la puerta principal, un dependiente del señor de Brienne
se acercó a D'Artagnan.
--¿Qué hay, Arístides? --preguntó el capitán.
--A cargo de la caja del señor Fouquet.
D'Artagnan leyó con sorpresa la libranza, y vio que era de puño
y letra del rey y valedera por doscientas
pistolas.
--¡Cómo! --dijo entre sí el mosquetero después de
haber dado cortésmente las gracias al dependiente de
Brienne, --¿van a hacer pagar ese viaje al señor Fouquet? ¡Mil
rayos! ni Luis XI lo habría hecho peor. ¿Por
qué no me han dado una libranza a cargo de Colbert? ¡La habría
pagado con tanto gusto!
Y fiel a su principio de no dejar enfriar una libranza a la vista, D'Artagnan
se encaminó a casa de Fou-
quet para cobrar las doscientas pistolas.
LA CENA
El superintendente debía estar enterado del próximo viaje del
rey a Nantes, porque dio una cena de des-
pedida a sus amigos. El ir y venir de criados cargados de platos, y la actividad
que se notaba en el escrito-
rio, eran señales evidentes de un próximo trastorno en la cocina
y en la caja.
D'Artagnan se presentó, libranza en mano, en el escritorio y al decirle
que ya era tarde y que la caja esta-
ba cerrada, no replicó más que esto:
--Servicio del rey.
El dependiente, un poco turbado al ver la cara fosca que puso el capitán,
contestó que la razón era respe-
table, pero que también lo eran las costumbres de la casa, y rogaba al
portador que volviese al siguiente día.
